-DIE TOTENLIEDER-
-I-
Uno a uno morirán los que amo:
el compañero, el amigo, el extraño
que deseo de lejos. Y a las puertas
de cualquier puente que atraviesen
me hallarán aullando por la extrema
ofensa de sus cuerpos rígidos, de sus párpados mudos,
ellos, cuya belleza sazona este valle.
Por todos, por los otros que atraviesan las calles
llenos de la vida que se acaba, por mi vida,
que nadie ha de extrañar, que no ha sufrido
la violencia que el amor ofrece, me he sentado
a derramar lágrimas impropias de mi sexo,
pero no de mi género, que doble es,
y fallece dos veces.
-II-
Se constituye la especie de otra forma.
Nuevos los seres amarrados a máquinas.
No hay cupo para aquellos
que aún hacen el amor con todo el cuerpo
sin ayuda de libros o películas.
Porque la muerte surge desde ahora. Alguien
a quien llaman el todopoderoso determina
a través de lo que tira y que recoge
en su juego de gato.
A viva voz canto su adulterio,
a viva voz invento su imagen
de redentor clavado a disgusto,
macho que muere porque macho quiere
que muera, soldadito
en el ejército de faldas enlutadas,
cristo mórbido, privadamente amado,
con su perfil árabe y su cuerpo de asceta.
-III-
Adiós. Que la podredumbre
común e inesperada me ronda
cerca, y es más fuerte
que el amor, más atrevida,
dolor por todas partes, y un deseo
de volverme cenizas.
Hombre hermoso, levanto mis miserias
en tu honor, porque puede que nunca
llegue a contemplarme en tu mirada,
a tocar tu cuerpo de sol poniente,
a vestirme con su dorado mortecino.
-IV -
Si le quiero
no es porque nadie me obligara
pero porque siempre me han gustado,
dentro de los relatos, los
donceles. Su rostro
de niño sabio, por unas horas
junto a la ventana, y en la silla
desde donde ofreciera el caramelo
duro de su cuerpo, que desató
lo que atado se hallaba.
Ahora, imagino su muerte. Que le ha
de llegar, para que se cumpla
el juramento de algún dios amargo.
ALFREDO VILLANUEVA COLLADO